«Albión»: Anna Hope reinventa la novela de campo inglesa y explora las raíces del privilegio.

En la luminosa y profundamente contemporánea Albión, la escritora británica Anna Hope reinventa la clásica novela de campo inglesa en una adictiva saga familiar sobre la herencia, el privilegio de clase y la responsabilidad que ello conlleva en un mundo cambiante.

Albión narra la historia de la familia Brooke, que se reúne durante cuatro días en su mansión inglesa del siglo XVIII para despedir a Philip, el patriarca en torno al cual han orbitado sus vidas. Frannie, la hija mayor y heredera, quiere transformar la propiedad en un refugio natural frente a un mundo en declive. Milo, en cambio, sueña con convertirla en un paraíso new age para superricos, mientras que Isa, la hermana menor, distanciada de Philip durante años, acude al funeral en plena crisis de pareja. Los secretos y sentimientos que afloran esos días les harán replantearse el papel que hasta ese momento han ocupado en la familia.

A través de los Brooke, Hope indaga en las dinámicas familiares y heridas del pasado y reflexiona sobre las raíces del privilegio y la importancia de los valores que transmitimos a nuestros hijos.

Además, ajusta cuentas con el pasado colonial británico para interrogar el significado y la legitimidad de las herencias recibidas, así como nuestra responsabilidad con las generaciones futuras. Todo ello al servicio de una pregunta esencial: ¿es posible reparar el daño heredado?

Anna Hope (Mánchester, Reino Unido, 1974) estudió en la Universidad de Oxford y en la Real Academia de Arte Dramático de Londres. Es autora de Despertar (2014), El salón de baile (2018), Expectativas (2020) y Albión (2025; Libros del Asteroide, 2026). Sus novelas se han traducido a más de veinte idiomas. Vive en Sussex con su familia.

Un fragmento

«En su habitación del final del pasillo, Clara está de pie delante de la mesa, con la caja frente a ella, abierta y exhibiendo la masa de cauríes blancos. Ha estado intentando calcular su peso. Estima que habrá unos dos kilos, más o menos. O sea, dos mil quinientas conchas tal vez. Ahí de pie, ante ellas, le evocan algo así como una náusea, un mareo. Es como contemplar la escena de un crimen: esta caja, con su navío y su nombre —Albión— tan elegante y primorosamente pintados en la madera. […]


¿Qué manos la tocaron por el camino de esos mares translúcidos hasta las oficinas londinenses de Oliver Brooke, hasta su escritorio en Sussex? ¿En qué transacciones participó, en qué tratos? ¿En qué otras travesías, por cuántas manos fue pasando hasta acabar tamizada a través de los dedos de una niña de siete generaciones después que juega bajo el sol de Sussex junto a un roble vetusto en el centro de las cuatrocientas hectáreas que posee su familia? Si la concha pudiera hablar a través de esos labios serrados y abiertos, ¿qué historias contaría acerca de lo que ha visto, de su implicación en la historia de esta casa, de esta familia, de la propia Clara y de estas magníficas vistas que se extienden al otro lado de su ventana en este preciso instante?


Contempla el paisaje, el panorama, ese verde sobre verde creado hace doscientos cuarenta años, cuando esta tierra se compró, cuando se empalizó la propiedad. Empalizar. Un verbo anticuado, aunque muy habitual en el siglo XVIII. Estas vistas podrían representar por sí mismas la base de una tesis doctoral: tan aparentemente inocuas, tan neutrales, y sin embargo cargadas de tantas capas de significado; un significado al que, por lo visto, viven ajenos los habitantes de la casa.


No son mala gente, todo lo contrario. Frannie, salta a la vista, es una buena persona según ciertos parámetros: sincera, directa y recta, una mujer que ha consagrado su vida al cambio. Una cuya mirada se concentra en el futuro a largo plazo. Pero ¿esa retórica acerca de vivir trascendiendo lo político? Como si fuera posible mirar únicamente hacia el futuro, liberarse de las reivindicaciones del pasado. Una sola niña en cuatrocientas hectáreas que se hará adulta y se cobijará a la sombra de los robles que yo planté. Y sus hijos, y los hijos de sus hijos. Como si el entorno natural pudiera existir en una categoría al margen de los caóticos dominios de lo humano.»